jueves, 28 de junio de 2007

JACK LONDON Colmillo Blanco

Escritor estadounidense que combina en su obra el más profundo realismo con los sentimientos humanitarios y el pesimismo. John Griffith London nació en San Francisco hijo de un astrólogo ambulante, al que no conoció, y de una espiritista que se casó con Yack London meses después del nacimiento de su hijo. Completó sus estudios de bachillerato mientras realizaba diversos trabajos. En 1897 y 1898 viajó a Alaska, empujado por la corriente de la fiebre del oro. Antes había sido marino, pescador, e incluso contrabandista. De regreso a San Francisco comenzó a relatar sus experiencias. En 1900 publicó una colección de relatos titulada El hijo del lobo que le proporcionó un gran éxito popular. Publicó más de 50 libros que le supusieron grandes ingresos pero que dilapidó en viajes y alcohol. Fue corresponsal de guerra y vivió dos matrimonios tormentosos. Se suicidó a la edad de 40 años. De ideas socialistas y siempre del lado de los trabajadores, London fue militante comunista e incluso agitador político. Pero, autodidacta como era, las lecturas del filósofo alemán Nietzsche le llevaron a formular que el individuo debe alzarse frente a las masas y las adversidades. Esta contradicción individualidad-colectividad está presente en su obra. Su tesis general es la de que el ser humano no es bueno por naturaleza, y sólo los fuertes consiguen alzarse en la vida que es dura; estos seres serán los que pongan los cimientos para una sociedad más justa. Muchos de sus relatos, entre los que destaca su obra maestra, La llamada de la selva (1903), hablan de la vuelta de un ser civilizado a su estado primitivo, y la lucha por la supervivencia. Su estilo, brutal, vivo y apasionante, le hizo enormemente famoso fuera de su país. Sus novelas se han traducido a numerosas lenguas. Entre sus principales obras cabe mencionar Los de abajo (1903), sobre la vida de los pobres en Londres; El lobo de mar (1904), una novela basada en sus experiencias como cazador de focas; Colmillo blanco (1906) un libro pesimista sobre la crueldad, la hegemonía de los más fuertes y la lucha por la libertad. John Barleycorn (1913), un relato autobiográfico sobre su batalla personal contra el alcoholismo, y El vagabundo de las estrellas (1915), una serie de historias relacionadas entre sí sobre el tema de la reencarnación.

Colmillo Blanco

PRIMERA PARTE

LO SALVAJE

I

La pista de la carne

Aun lado y a otro del helado cauce se erguía un oscuro bosque de abetos de ceñudo aspecto. Hacía poco que el viento había despojado a los árboles de la capa de hielo que los cubría y, en medio de la escasa claridad, que se iba debilitando por momentos, parecían inclinarse unos ha­cia otros, negros y siniestros. Reinaba un profundo silencio en toda la vasta extensión de aquella tierra. Era la desolación misma, sin vida, sin movimiento, tan solitaria y fría que ni siquiera bastaría decir, para describirla, que su esencia era la tristeza. En ella había sus asomos de risa; pero de una risa más terrible que todas las tristezas..., una risa sin alegría, como el sonreír de una esfinge, tan fría como el hielo y con algo de la severa dureza de lo infalible. Era la magistral e inefable sabiduría de la eternidad riéndose de lo fútil de la vida y del esfuerzo que supone. Era el bárbaro y salvaje desierto, aquel desierto de corazón helado, propio de los países del norte.

Pero, a pesar de todo, allí había vida; lo que significaba, sin duda, todo un reto. Por la pendiente del helado cauce bajaba penosamente una hilera de perros que parecían más bien lobos. La escarcha cubría un hirsuto* pelaje. El aliento se les helaba en el aire en cuanto salía de su boca, era des­pedido hacia atrás en vaporosa espuma hasta posarse en sus pies, en donde se cristalizaba. Los perros llevaban sendos jae­ces* de cuerpo, como tirantes, que los mantenían unidos a un trineo que arrastraban. El vehículo, especie de narria*, había sido construido de recias cortezas de abedul, carecía de cuchillas o patines, y toda su superficie inferior descansaba sobre la nieve. La parte delantera del trineo estaba vuelta hacia arri­ba, a fin de que pudiera penetrar por la gran ola de nieve blanda que le dificultaba el paso. Atada fuertemente sobre el trineo, se veía una caja estrecha y larga, rectangular. Había también otros objetos: mantas, una gran hacha, una cafetera y una sartén; pero lo que ocupaba la mayor parte del sitio disponible, destacándose sobre todo lo demás, era la caja es­trecha y larga, de forma rectangular.

Delante de los perros, calzando anchos y blandos zapatos de pelo para la nieve, avanzaba trabajosamente un hombre. Detrás del trineo iba otro. Dentro, en la caja, iba un tercero para quien todo esfuerzo había ya terminado: una víctima de aquel salvaje desierto, un vencido que no se movería ni lu­charía ya más, aplastado, aniquilado por él. Al desierto no suele gustarle el movimiento. Toma como una ofensa la vida, porque vida es movimiento, y él tiende siempre a destruirlo. Hiela el agua para no dejarla correr hacia el mar; les roba la savia a los árboles - hasta helarles el potente corazón; y con mayor ferocidad, y por más terrible modo aún, anonada y obliga a someterse al hombre. Al hombre, que es lo más in­quieto que la vida ofrece, siempre en rebelión, justamente en contra de la idea de que todo movimiento acaba con la ce­sación del mismo.

Pero allí, al frente de la zaga, como escolta, audaces, in­domables, caminaban trabajosamente los dos hombres que no habían muerto aún. Pieles y cueros blandos cubrían sus cuerpos. Tenían pestañas, mejillas y labios tan cubiertos de cris­tales de hielo, producidos por su helada respiración, que era imposible distinguirles la cara. Esto les daba el aspecto de enmascarados duendes, de enterradores de un mundo de es­pectros en el entierro de uno de los suyos. Pero, pese a las apariencias, eran hombres que penetraban en la tierra donde todo es desolación, mofa sarcástica y silencio; aventureros no­vatos enfrascados en una colosal empresa. Se introducían a viva fuerza en un mundo poderosísimo, tan remoto, tan ajeno a ellos y tan sin pulso como las profundidades del espacio. Avanzaban sin hablar, economizando el aliento para man­tener las funciones del cuerpo. Por todos lados reinaba el si­lencio, casi podían palpar su presencia. Afectaba su mente como las innumerables atmósferas que pesan sobre el buzo, en lo hondo de las aguas, afectan su cuerpo. Los aplastaba materialmente bajo la pesadumbre de la extensión sin fin, de inexorables fallos. Los anonadaba hasta reducirlos al último rincón de su mente, prensada para que de ella se escurrieran, como de los racimos el zumo, todo el falso ardor, la exaltación y las indebidas presunciones del alma humana; hasta lograr que se sintieran muy limitados e insignificantes, unas simples manchitas, unos átomos, moviéndose con débil maña y escasa discreción en el drama externo e interno de los ciegos y enor­mes elementos y fuerzas naturales. Pasó una hora y luego otra. Menguaba, cada vez más rápidamente, la pálida luz del día, corto y sin sol, cuando en medio del aire en reposo resonó un grito débil y lejano. Se remontó primero con rápido im­pulso hasta llegar a la nota más alta, donde se afirmó vibrante para ir bajando después lentamente hasta dejar de oírse. Aque­llo hubiera podido ser el lamento de un alma en pena, de no haber en el triste grito cierta ferocidad, cierta hambrienta ve­hemencia. El hombre que iba al frente del trineo volvió la cabeza y cruzó la mirada con el que iba detrás. Por encima de la estrecha caja rectangular, ambos cambiaron una señal de asentimiento.

Entonces se oyó un segundo grito que pareció elevarse en el aire perforando aquel silencio con la sutil penetración de una aguja. Los dos hombres comprendieron de dónde partía el sonido. Venía de allá atrás, de algún sitio en la nevada extensión que acababan de atravesar. Un tercer grito, contes­tación a los anteriores, resonó también en la misma dirección, pero más a la izquierda del segundo.

-Nos persiguen, Bill -dijo el hombre que iba delante del vehículo.

Su voz sonó ronca, como algo que no parecía humano, y era evidente el esfuerzo que realizó para hablar.

-La carne escasea -contestó su compañero-. Desde hace días no he visto ni un rastro de conejo.

No dijeron nada más, aunque siguieron con el oído atento a los gritos de caza que continuaban resonando allá lejos, a su espalda.

Como había oscurecido ya por completo, desviaron los perros hacia un grupo de abetos al borde del cauce, y allí acamparon. El ataúd, colocado junto al fuego, servía de asien­to y de mesa. Los perros lobo, agrupados al otro lado de la hoguera, gruñían y se peleaban, pero sin mostrar el menor deseo de perderse entre la oscuridad.

-Me parece, Henry, que es digno de tomar en cuenta eso de que se hayan quedado tan cerca de nosotros -comentó Bill.

Henry, en cuclillas junto a la lumbre y apoyando la ca­fetera con un pedazo de hielo, asintió con la cabeza. No aña­dió una palabra hasta que se sentó sobre el ataúd y empezó a comer.

-Saben que si se apartan, pueden acabar sin su pellejo -contestó entonces-. Prefieren comer de lo nuestro a ser comidos. Ya saben ellos lo que hacen, ya.

Bill movió dubitativamente la cabeza y objetó:

-¡Oh, no sé! ¡No sé!

Su compañero lo miró con aire de curiosidad.

-Esta es la primera vez que te oigo dudar de su instinto.

-Henry -replicó el otro, mascando obstinadamente las habas que comía-, ¿te has fijado, por casualidad, en el modo que se revolvían los perros cuando les daba yo la comida?

-Sí, alborotaban más que de costumbre -contestó el interpelado.

-¿Cuántos perros tenemos, Henry?

-Seis.

-Bueno, Henry... -Bill se interrumpió un momento, como para dar mayor fuerza y énfasis a sus palabras-. Como íbamos diciendo, Henry, tenemos seis perros. Seis pescados saqué yo del saco. Le fui dando uno a cada perro, pero al llegar al último, no me quedaba ya pescado para él.

-Es que contaste mal.

-Seis perros tenemos -insistió el otro tranquilamente-. Seis eran los pescados que yo saqué. Oreja Cortada se quedó sin el suyo. Volví al saco, cogí otro y se lo di.

-Pues no tenemos más que seis perros.

-Henry -continuó Bill como si tal cosa-, no diré yo que fueran todos perros; pero eran siete los que engulleron los pescados.

Henry dejó de comer para echar una mirada por encima de la lumbre y contar los perros.

-Lo que es ahora, no hay más que seis -dijo.

-Yo vi al otro huir a través de la nieve -anunció Bill fríamente, pero con toda seguridad-. Yo vi siete.

Henry lo miró con lástima, diciéndole:

-¡Lo que yo me voy a alegrar cuando hayamos llegado al fin de este viaje...!

-¿Qué quieres decir con eso? -preguntó Bill.

-Pues quise decir que esta carga que llevamos te ha pues­to ya tan nervioso que empiezas a ver visiones.

-También a mí se me ocurrió la idea -contestó grave­mente Bill-. Y por eso, cuando lo vi correr por la nieve, me acerqué y observé las huellas. Entonces conté los perros y aún había seis. En la nieve han quedado todavía las pisadas. ¿Quie­res verlas? Yo te las enseñaré.

Henry no contestó y siguió mascando en silencio, hasta que, terminada la comida, tomó una taza de café. Se secó la boca con el dorso de la mano y dijo:

-Pues entonces, tú crees que era... -un prolongado au­llido, tan feroz como triste y que partía de aquellas tenebrosas profundidades, vino a interrumpirle. Lo escuchó un momento y luego terminó la frase diciendo-: Uno de esos -al tiempo que acompañaba las palabras con un movimiento de la mano, señalando al sitio de donde el aullido provenía.

Bill asintió con la cabeza.

Yo me inclinaría a creer esto antes que otra cosa -in­dicó-. Tú mismo observaste la barahúnda que armaron los perros.

Como un aullido sucedía a otro, el silencio de antes se había convertido en un vocerío de casa de locos. De todas partes se elevaban los gritos, y de tal modo impresionó aquello a los perros, que se apretaban, aterrorizados, unos contra otros, tan cerca de la lumbre que el pelo se les chamuscaba. Bill echó algo más de leña al fuego antes de encender la pipa.

-Me parece que no las tienes todas contigo -observó su compañero.

-Henry... -y aquí le dio Bill una chupada a la pipa, muy meditabundo, antes de seguir adelante-. Henry, estaba pensando en la condenada suerte que ha tenido ese y no lle­garemos nunca a tener nosotros -al decirlo, señalaba con el pulgar al que iba en el ataúd que les servía de asiento-. Lo que es cuando tú y yo nos muramos, Henry, podremos darnos por satisfechos con que haya bastantes piedras sobre nuestro esqueleto para evitar que los perros nos desentierren.

-Pero es que nosotros no tenemos familia ni dinero y demás, como tiene él -objetó Henry--. Estos entierros a larga distancia son un lujo que ni tú ni yo podemos pagar, verdaderamente.

-Lo que no me cabe a mí en la cabeza, Henry, es que a un muchacho como ese, que era lord o cosa por el estilo en su país, y que nunca tuvo que preocuparse de provisiones, ni de mantas, ni de todas esas cosas, se le antojara venir a estas malditas tierras que son el fin del mundo... Eso es lo que no acabo de comprender.

-Y que si hubiera sabido quedarse en casa, bien podía haberse muerto de puro viejo -contestó Henry, compartien­do la opinión del otro.

Bill abrió la boca para hablar, pero se quedó sin hacerlo. En vez de ello, señaló hacia aquel espeso muro de sombras que parecía oprimirlos por todos lados. No se distinguía en la profunda oscuridad ninguna forma, pero sí un par de ojos que relucían como ascuas. Pronto, Henry indicó con un mo­vimiento de la cabeza un segundo par, y luego un tercero. En torno al campamento se había ido formando un círculo de relucientes ojos.

De vez en cuando, uno de aquellos se movía, o bien de­saparecía para volver a aparecer después.

La intranquilidad de los perros había ido en aumento y huían, presa de repentino terror, hacia el lado del fuego donde estaban los hombres, entre cuyas piernas se arrastraban. En medio del tumulto, uno de los perros cayó rodando al borde mismo de la hoguera, aullando de dolor y de miedo, mientras el aire olía a pelo quemado. El barullo hizo que el círculo de ojos se moviera con inquietud durante un momento y que se retirara algo; pero volvió a la misma posición de antes en cuanto los perros se apaciguaron.

-Henry, ¡qué desgracia que tengamos tan pocas muni­ciones!

Bill había acabado de fumar su pipa y estaba ayudando a su compañero a tender las pieles y las mantas sobre las ramas de abeto que habían esparcido en la nieve antes de cenar. Henry gruñó y comenzó a desatarse los peludos zapatos.

-¿Cuántos cartuchos dijiste que te quedaban?

-Tres -fue la contestación-. Y ojalá fueran trescientos. Entonces verían esos condenados para qué me iban a servir.

Amenazó con el puño y lleno de coraje a aquellos ojos que brillaban en la oscuridad y comenzó a acercar con cuidado a la lumbre sus zapatos para que se secaran.

-Lo que yo quisiera es que esta racha de frío se acabara -continuó-. Llevamos ya dos semanas de estar a veinte gra­dos bajo cero. Y lo que también quisiera es no haber emprendido nunca este viaje, Henry. Las cosas tienen mal as­pecto. No las tengo todas conmigo, la verdad. Y puesto ya a pedir, lo que desearía es que hubiéramos terminado de una vez con todo esto, y estuviésemos ya sentados tú y yo junto al fuego en Fuerte Macgurry, jugando a las cartas: eso es lo que yo quisiera.

Henry volvió a contestar con un gruñido y se arrastró para acostarse. Dormitaba ya cuando le despertó la voz de su com­pañero.

-Oye, Henry: a aquel otro que se acercó y cogió el pes­cado, ¿por qué no se le echaron encima los perros? Eso me está atormentando la cabeza.

-Sí, y demasiado dura ya la manía, Bill -contestó el otro medio dormido-. Nunca te vi de este modo. Hazme el favor de callar y duerme, que cuando llegue la mañana te habrá ya pasado todo. Es que estás mal del estómago: eso es lo que tienes.

Los dos hombres se durmieron, respirando pesadamente, uno al lado del otro y cubiertos con los mismos abrigos. El fuego de la hoguera fue amortiguándose y el círculo de ojos brillantes que la rodeaba se fue cerrando. Los perros se api­ñaron atemorizados, gruñendo de cuando en cuando amenazadoramente, al ver que algún par de aquellos ojos se acercaba demasiado. De pronto, fue tal el ruido que armaron, que Bill se despertó. Salió del lecho cautelosamente, como si no qui­siera despertar a su compañero, y echó más leña al fuego. En cuanto se alzaron las llamas, el círculo de ojos se fue retirando. Miró él, como por casualidad, a los apiñados perros. Se res­tregó los ojos y volvió a mirarlos con mayor atención. Después se arrastró hacia el montón de mantas.

-¡Henry! -llamó-. ¡Henry!

Este lanzó una especie de gemido al despertarse y pre­guntó:

-¿Qué ocurre ahora?

-Nada..., que ya vuelve a haber siete. Acabo de contarlos.

Henry se limitó a manifestar con otro gruñido que que­daba enterado, y al momento, vencido de nuevo por el sueño, roncaba ya.

Quien primero se despertó a la mañana siguiente fue él, que llamó a su compañero para que se levantara. Faltaban tres horas para que se hiciera de día, a pesar de ser ya las seis de la mañana, y en medio de la oscuridad, Henry comenzó a preparar el desayuno, mientras Bill enrollaba las mantas y de­jaba listo el trineo para enganchar.

-Oye, Henry -preguntó de pronto-, ¿cuántos perros dijiste que teníamos?

-Seis.

-Pues no, señor -exclamó triunfalmente Bill.

-¿Otra vez siete?

-No, cinco. Uno ha desaparecido.

-¡Diablos! -gritó furioso Henry, abandonando sus que­haceres para ir a contar los perros.

-Tienes razón, Bill -confesó-. El Gordito se ha mar­chado.

-Se apartó un poco, y ha desaparecido para siempre.

-No es fácil que volvamos a verlo. De fijo que se lo han engullido vivo. Apostaría cualquier cosa a que aún gruñía cuando se lo tragaron. ¡El diablo se los lleve!

-¡Perro tonto! ¡Siempre fue así!

-Pero por tonto que fuera, no debía haberlo sido hasta el punto de ir a suicidarse de ese modo -miró a los demás perros del trineo con ojos escudriñadores que parecieron juzgar en un momento los rasgos más salientes de cada animal-. Apuesto -añadió- a que ninguno de estos haría lo que él ha hecho.

-Ni a garrotazos se apartaban estos de la lumbre -dijo Bill, asintiendo a aquellas palabras-. Siempre me pareció que el Gordito no andaba bien de la cabeza.

Y ese fue el epitafio* que inspiró la muerte de un perro en aquellas tierras del norte...; menos corto, por cierto, que el de no pocos hombres.



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RUDYARD KIPLING Con el Correo Nocturno

Novelista inglés laureado con el Premio Nobel. Kipling escribió novelas, poemas y relatos ambientados principalmente en la India y Birmania durante la época de gobierno británico. Nació el 30 de diciembre de 1865 en Bombay (India) y a la edad de 6 años lo enviaron a estudiar a Inglaterra. Pasó cinco años en un hogar social de Southsea, experiencia detestable que describe en su relato 'La oveja negra'. Regresó a la India en 1882 y a partir de ese momento trabajó para la Civil and Military Gazette de Lahore hasta 1889, en calidad de editor y escritor de relatos. Más tarde publicó Cancioncillas del departamento (1886), una serie de versos satíricos sobre la vida civil y militar en los cuarteles de la India colonial, así como una colección de sus relatos escritos para la prensa recopilados en Cuentos de las colinas (1887). Su fama literaria se consolidó con seis historias sobre la vida de los ingleses en la India, publicadas entre 1888 y 1889, que revelaban su profunda identificación con las gentes y el paisaje de su país. Posteriormente viajó por Asia y Estados Unidos, donde contrajo matrimonio con Caroline Balestier en 1892 y vivió durante un breve periodo en Vermont. En 1903, se estableció en Inglaterra. Kipling fue un escritor prolífico y popular. En 1907 obtuvo el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose en el primer autor inglés merecedor de este galardón.

Kipling figura entre los principales escritores de relatos ingleses. Como poeta destaca por sus versos escritos en la jerga habitual de los soldados británicos. Su literatura gira siempre en torno a tres ejes: el patriotismo, el deber de los ingleses de llevar una vida de intensa actividad y el destino de Inglaterra, llamada a ser un gran imperio. Su insistencia en este último aspecto era sin duda un eco del pasado victoriano y perjudicó gravemente su reputación como escritor en los años posteriores a la I Guerra Mundial. De sus principales obras de ficción breve cabe destacar Muchas fantasías (1893), El libro de las tierras vírgenes (1894) y El segundo libro de las tierras vírgenes (1895), colecciones de historias de animales que constituyen en opinión de muchos lo mejor de su literatura; además de Precisamente así (1902) y Puck, el de la colina (1906). Entre sus novelas o relatos largos más populares figuran La luz que se apaga (1891), sobre un artista ciego; Capitanes intrépidos (1897), una historia de marineros; Stalky & Cía. (1899), basada en sus experiencias infantiles en el United Services College, y Kim de la India (1901), un relato picaresco de la vida en la India. Lo más destacable de su poesía es quizá Baladas del cuartel (1892) y Las cinco naciones (1903). Algo de mí mismo, publicada póstumamente en 1937, es un relato inacabado sobre su triste infancia. Falleció el 18 de enero de 1936 en Londres

Con el Correo Nocturno

A las nueve de una borrascosa noche de invierno me encontraba en las plataformas inferiores de una de las torres postales de la G.P.O. Mi propósito era un viaje a Québec en la «Nave Postal 162 u otra cualquiera disponible»; y el propio Director General de Correos había refrendado la orden. Este talismán abría todas las puertas, incluso las del centro de expediciones, situado al pie de la torre, donde estaban distribuyendo el clasificado correo Continental. Las sacas estaban apiladas como arenques en los largos cajones grises que nuestra G.P.O. continúa llamando «vagones». Cinco de tales vagones fueron llenados mientras yo esperaba, y fueron disparados hacia arriba a lo largo de las guías, para ser cargados en las naves que esperaban trescientos pies más cerca de las estrellas.

Desde el centro de distribución fui acompañado por un agradable y maravillosamente instruido oficial -Mr. L. L. Geary, Segundo Expedidor de la Ruta Occidental- al Cuarto de Capitanes (esto despierta un eco de novela antigua), donde los capitanes de correos se hacen cargo de su turno de servicio. Me presentó al capitán del «162», capitán Purnall, y a su relevo, el capitán Hodgson. El uno es bajito y moreno; el otro alto y rojizo; pero los dos tienen la mirada característica de las águilas y los aeronautas. Puede apreciarse en las fotografías de nuestros pilotos de competición profesionales, desde L. V. Rausch hasta la pequeña Ada Warrleigh: aquella insondable abstracción de la mirada, acostumbrada a penetrar las profundidades del espacio.

En el tablón de avisos del Cuarto de los Capitanes, las flechas vibratorias de unos veinte indicadores registran, grado por grado geográfico, los progresos de otras tantas naves de regreso. La palabra «Cabo» aparece en la esfera de un cuadrante; suena un gong: el correo sudafricano se encuentra en la Torre de Recepción de Highgate. Eso es todo. Recuerda cómicamente la pérfida campanilla que en el desván de los aficionados a las palomas notifica el regreso de una mensajera.

-Ya es la hora -dice el capitán Purnall, y nos dirigimos al ascensor que ha de trasladarnos a la cumbre de la torre-. Nuestro vagón se cerrará cuando esté cargado y el personal ocupe sus puestos...

El «N.° 162» nos espera en el Embarcadero E del último piso. La gran curva de su lomo despide un brillo opaco bajo las luces, y alguna leve alteración del equilibrio le hace mecerse ligeramente en los ganchos que lo sujetan.

El capitán Purnall frunce el ceño y penetra en el interior. Con un suave chirrido, el «162» se inmoviliza por completo. Desde su hocico, que ha taladrado incontables leguas de granizo, nieve y hielo, hasta la intercalación de sus tres ejes propulsores, hay una distancia de doscientos cuarenta pies. Su diámetro máximo, localizado en la parte delantera, es de treinta y siete pies. Contrasta esto con los novecientos por noventa y cinco de cualquier vapor de línea, y puede suponerse la energía que se necesita para arrastrar un casco a través de todos los climas a una velocidad muy superior a la del Cyclonic...

La mirada no detecta ninguna juntura en su piel, excepto la que corresponde al emplazamiento del timón. El timón de Magniac, que nos asegura el dominio del aire inestable y que dejó a su inventor en la miseria y medio ciego. Está calculado para la curva «ala de gaviota» de Castelli. Una inclinación hacia adelante o hacia atrás de tres octavos de pulgada equivale a un descenso o una ascensión de cinco millas.

-Sí -dice el capitán Hodgson, respondiendo a mi pensamiento-, Castelli creyó haber descubierto el secreto para controlar los aeroplanos, cuando lo único que hizo fue descubrir el modo de gobernar globos dirigibles. Magniac inventó su timón para que fuera aplicado a los buques de guerra, y la guerra pasó de moda y Magniac perdió la chaveta porque dijo que ya no podía servir a su patria. Me pregunto si alguno de nosotros sabe realmente lo que estamos haciendo.

-Si quiere ver el vagón cargado será mejor que suba a bordo -dice Mr. Geary.

Cruzo la puerta situada en el centro de la nave. Aquí no hay nada que alegre la vista. La hilera de tanques de gas discurre a un par de pies de distancia de mi cabeza, y gira por encima de la curva de la sentina. Los buques de línea y los yates disfrazan sus tanques con motivos decorativos, pero la G.P.O. se limita a cubrirlos con una capa de pintura gris, que es el color de reglamento. La sala de máquinas se encuentra casi en el centro de la nave. Delante de ella hay una abertura, ahora una escotilla sin fondo, en la cual quedará encajado nuestro vagón. Mirando hacia abajo, a trescientos pies de distancia, se percibe el centro de distribución. De pronto, algo asciende rápidamente hacia nosotros. Su tamaño aumenta paulatinamente: primero es un sello de correos, luego un naipe, después una batea y finalmente un pontón. Los dos empleados, su tripulación, ni siquiera levantan la mirada cuando llega a su destino. Las cartas para Québec vuelan bajo sus dedos y pasan a las correspondientes casillas, mientras los dos capitanes y Mr. Geary comprueban si el vagón queda bien encajado. Un empleado entrega la lista de embarque. El capitán Purnall le pone el visto bueno y se la pasa a Mr. Geary.

-¡Buen viaje! -dice Mr. Geary, y desaparece a través de la puerta, que un compresor neumático cierra detrás de él.

- ¡A-ah! -suspira el compresor al relajarse.

Los ganchos que sujetan a la nave se sueltan con un chasquido metálico. Estamos libres.

El capitán Hodgson abre la gran portañola inferior a través de cuya mirilla coloide contemplo el iluminado Londres deslizarse hacia el este a medida que el viento nos arrastra. La primera de las bajas nubes de invierno oculta el conocido paisaje y oscurece el Middlesex. En uno de los extremos de la nube puedo ver las luces de una nave postal hundiéndose en la blanca masa. Por un instante brillan como estrellas antes de desaparecer en dirección a la Torre de Recepción de Highgate.

-El Correo de Bombay -dice el capitán Hodgson, y consulta su reloj-. Lleva cuarenta minutos de retraso.

-¿A qué altura estamos? -pregunto.

-A cuatro mil pies. ¿No va usted a subir al puente?

El puente (agradezcamos a la G.P.O. su preocupación por conservar las más antiguas tradiciones) está representado por una vista de las piernas del capitán Hodgson mientras permanece de pie en la Plataforma de Control. El bastidor coloide está abierto y el capitán Purnall, con una mano en el volante, está esperando una racha de viento favorable. El altímetro señala 4.300 pies.

-Hace una noche de perros -murmura Purnall, mientras remontamos capa tras capa de nubes-. En esta época del año, acostumbramos a encontrar una corriente de aire de levante por debajo de los tres mil pies, No me gusta avanzar a través de las nubes.

-Lo mismo le ocurre a Van Cutsem. Siempre anda buscando una racha de viento favorable -dice el capitán Hodgson.

Un centenar de brazas más abajo una luz empañada rompe las nubes. El Correo Nocturno de Antwerp está de regreso. El viento nos situaría sobre el Mar del Norte en media hora, pero el capitán Purnall gobierna la nave con prudencia.

«Cinco mil... seis mil, seis mil ochocientos.» El altímetro va subiendo hasta que encontramos la corriente de levante. Entonces, el capitán Purnall corta los motores y fija el gobernalle a una varilla situada delante de él. Sería absurdo utilizar las máquinas cuando Eolo nos empuja completamente gratis. Ahora avanzamos rápidamente. A esta altura, las nubes inferiores aparecen desplegadas, peinadas por los secos dedos del Este. Por encima de nuestras cabezas, una película de niebla a la deriva extiende una especie de gasa a través del firmamento. La luz de la luna convierte los estratos inferiores en plata sin una sola mancha, a excepción de la sombra que proyecta nuestra nave. Los Dobles Faros de Cardiff y de Bristol están apagados delante de nosotros, ya que seguimos la Ruta Meridional de Invierno. La Central de Coventry, el eje del sistema inglés, proyecta cada diez segundos su chorro de luz diamantina hacia el norte; a nuestra izquierda parpadea intermitentemente la inconfundible luz verde de El Puerro, el gran rompedor de nubes del cabo de San David. Con este tiempo tiene que haber una capa muy espesa de nubes encima de El Puerro, pero eso no le afecta.

-Nuestro planeta está superiluminado, desde luego -dice el capitán Purnall, mientras Cardiff-Bristol se deslizan por debajo de nosotros-. Recuerdo los viejos tiempos, cuando la localización de un lugar exigía una pericia especial. Sobre todo, cuando hacía mal tiempo. Ahora es como conducir por Piccadilly.

Señala las columnas de luz que taladran la capa de nubes. No vemos nada de los contornos de Inglaterra: sólo un blanco pavimento horadado en todas direcciones por aquellas escotillas multicolores. ¡Benditos sean Sargent, Ahrens y los hermanos Dubois, que inventaron los rompe nubes del mundo para que nosotros viajáramos con más seguridad!

-¿Va usted a remontarse para el Shamrock? -pregunta el capitán Hodgson.

El capitán Purnall asiente.

Debajo de nosotros el tránsito es muy intenso. El banco de nubes aparece cruzado de grietas llameantes: son las naves del Atlántico que regresan apresuradamente a Londres. Según las normas internacionales, las Naves Postales disponen de todo el espacio hasta cinco mil pies de altura, pero los extranjeros que tienen prisa se toman toda clase de libertades con el espacio inglés.

Sobre el Atlántico no hay ninguna nube, y unos leves regueros de espuma alrededor de la Bahía Dingle señalan los lugares donde el mar martillea la costa. Un enorme buque de línea de la S.A.T.A. (Société Anonyme des Transports Aëriens) está sumergiéndose a media milla debajo de nosotros en busca de alguna grieta en el sólido viento del oeste. Más abajo, una nave danesa averiada está comunicando con el buque de línea en clave internacional. Nuestro receptor de Comunicación General ha captado la conversación y la reproduce. El capitán Hodgson hace un movimiento para desconectarlo, pero cambia de idea.

-Tal vez a usted le guste escuchar -dice.

-Argol, de Santo Tomás -susurra el danés-. Informando a los propietarios que tres soportes del eje de estribor se han fundido. En estas condiciones podemos llegar a Flores, pero imposible ir más allá. ¿Debemos comprar recambios en Fayal?

El buque de línea se da por enterado y recomienda invertir los soportes. El Argol contesta que ya lo ha hecho, sin resultado, y empieza a echar pestes contra los soportes alemanes. El francés asiente cordialmente, dice «Courage, mon ami" y corta la comunicación.

Sus luces se hunden bajo la curva del océano.

-Ese es uno de los buques de la Lundt & Bleamers -dice el capitán Hodgson-. Les está bien empleado por utilizar material alemán barato. ¡No llegará a Fayal esta noche! A propósito, ¿le gustaría echar un vistazo al cuarto de máquinas?

He estado esperando ávidamente esta invitación y sigo al capitán Hodgson, agachándome para evitar los tanques. Sabemos que el gas de Fleury carece de presión, como se demostró en el famoso proceso internacional de 1989, pero su enorme fuerza expansiva exige unos tanques muy amplios. Incluso en esta atmósfera tan tenue, los estabilizadores funcionan ininterrumpidamente eliminando una tercera parte de su presión normal, y el «162» tiene que ser revisado periódicamente para que nuestro vuelo no se convierta en una ascensión a las estrellas. El capitán Purnall prefiere una nave sobrecargada a una nave con poco peso. Pero resulta difícil encontrar dos capitanes que compartan las mismas ideas en lo que respecta al buen gobierno de un buque.

-Cuando yo ocupe el puente -dice el capitán Hodgson-, tendrá usted ocasión de ver cómo se gobierna una de estas naves... A propósito, eche una ojeada a los soportes. Aquí no encontrará material alemán. Son unas verdaderas joyas.

Nuestros soportes son piedras C.M.C. (Commercial Minerals Company), talladas con tanta precisión como los lentes de un telescopio. Cuestan 37 libras cada una. Hasta ahora no hemos llegado al término de su vida. Las nuestras proceden del «N.° 97», que las tomó del viejo Dominion of Light, el cual las había tomado a su vez del aeroplano Perseus, en los años en que los hombres volaban todavía en cometas de madera montadas sobre motores de gasolina.

Las piedras C.M.C. son un vivo reproche de los métodos de fabricación alemanes, con su peligrosa insistencia en lanzar al mercado aleaciones de aluminio que enriquecen a los cazadores de dividendos y vuelven locos a los navegantes.

Súbitamente, se oye el estridente sonido de un timbre. Los mecánicos se precipitan hacia las válvulas de las turbinas. Entran en funciones los frenos y ciamos, expresados en el lenguaje de la Plataforma de Control.

-Algo hay que no marcha a gusto de Tim -dice el capitán Hodgson-. Vamos a echar una mirada.

El capitán Purnall no es el hombre suave que hemos dejado una hora antes, sino la encarnación de la autoridad de la G.P.O. Delante de nosotros flota un anticuado cacharro, con tanto derecho al espacio de los 5.000 pies como una carrera de bueyes en una carretera moderna. Nuestro faro de señales lo barre, como barre la linterna de un agente de la autoridad una zona sospechosa. Y en la anticuada torreta aparece, como un ratero, un navegante en mangas de camisa. El capitán Purnall abre el coloide para hablar con él de hombre a hombre. A veces la Ciencia no resulta satisfactoria.

-¿Qué diablos está haciendo aquí? -grita, cuando las dos naves casi se tocan-. ¿No sabe que éste es un camino reservado a los vuelos postales? Y se tiene usted por marino, ¿eh? No sirve ni para venderles globos a los esquimales... ¡Déme su nombre y su número! Yo haré...

-No es el primer accidente que sufro -le interrumpe el hombre, con voz ronca-. Y me tiene sin cuidado lo que usted pueda hacer, Postillón.

-¿De veras? Yo haré que le importe. Le denunciaré por obstrucción. Y el seguro no le abonará ni un penique. ¿Comprende eso?

Entonces el desconocido aúlla:

-Mire mis propulsores! ¡Alguien nos ha embestido por debajo y nos ha hecho polvo! Mi piloto tiene un brazo roto; mi mecánico sufrió una herida en la cabeza; mi Rayo se apagó cuando se averiaron los motores; y... ¡Por el amor de Dios, déme mi altura, capitán! Creo que estamos cayendo.

-Seis mil ochocientos.

-Con un poco de suerte llegaremos a San Juan. Estamos tratando de obturar el tanque delantero, pero no deja de perder gas -explica el desconocido.

-Se está hundiendo como un tronco -dice el capitán Purnall en voz baja-. Llame al Banks Mark Boat, George.

Nuestro altímetro indica que, en el tiempo que llevamos junto a la otra nave, hemos descendido quinientos pies.

El capitán Purnall pulsa un interruptor y nuestro faro de señales empieza a oscilar a través de la oscuridad, proyectando haces de luz al infinito.

-Eso llamará la atención de alguien -dice, mientras el capitán Hodgson observa el Comunicador General. Ha llamado al North Banks Mark Boat, que se encuentra a un centenar de millas al oeste, y está informando del caso.

-Me quedaré junto a usted -le grita el capitán Purnall a la solitaria figura de la torreta.

-¿Tan serio es el caso? -inquiere el otro-. Mi nave no está asegurada. Es mía.

-Debí sospecharlo -murmura Hodgson-. El riesgo del propietario es el peor riesgo de todos.

-¿No puedo llegar a San Juan... ni siquiera con esta brisa? -se lamenta la voz.

-Prepárese a abandonar la nave. ¿No tiene algo que pueda contrarrestar la gravedad, delante o detrás?

-Sólo los tanques del centro, y no están demasiado tensos. Verá, mi Rayo se apagó, y..

El hombre tose, a causa del gas que se escapa.

- ¡Pobre diablo! -La exclamación no llega a oídos de nuestro amigo-. ¿Qué dice el Mark Boat, George?

-Quiere saber si hay algún peligro para el tránsito. Dice que el tiempo no es favorable allí, que no puede salir de la estación. He efectuado una Llamada General, de modo que incluso en el caso de que no vean nuestro faro de señales, acuda alguien a ayudarnos. ¿Soltamos nuestras eslingas? ¡Atención! ¡Estamos aquí! ¡Un buque de línea de la Planet!

-Dígales que preparen sus eslingas -grita el capitán Purnall-. Tenemos que darnos prisa... Ate a su piloto -le grita ahora al hombre de la torreta.

-Mi piloto está bien. Se trata de mi mecánico. Se ha vuelto loco.

-Tranquilícele con una llave inglesa. Dése prisa.

-Pero, si usted se queda a mi lado, puedo llegar a San Juan...

-Llegará al profundo y húmedo Atlántico dentro de veinte minutos. Se encuentra a menos de cinco mil ochocientos pies de altura... Recoja su documentación.

Un buque de línea de la Planet se acerca a nosotros por el este, traza una soberbia espiral y se detiene junto al «162». Su escotilla inferior está abierta y sus eslingas cuelgan de ella como tentáculos. Apagamos nuestro faro de señales, mientras el recién llegado se sitúa sobre la torreta de la nave averiada. Aparece el piloto, con el brazo en cabestrillo, seguido de un hombre con la cabeza vendada, gritando que tiene que ir a reparar su rayo. El piloto le asegura que encontrarán un rayo nuevo en el cuarto de máquinas del buque de línea. La cabeza vendada continúa agitándose, muy excitada. Siguen un joven y una mujer. El buque de línea oscila encima de nosotros, y vemos los rostros de los pasajeros pegados al coloide de las ventanillas.

-Ahí va una guapa muchacha -dice el capitán Purnall-. ¿Qué diablos estará esperando ese imbécil?

Aparece el propietario de la nave averiada, suplicándonos que nos mantengamos junto a él hasta que llegue a San Juan. Desciende de la torreta y regresa con el gatito de la nave.

El buque de línea iza sus eslingas; su escotilla inferior se cierra y el buque reemprende la marcha. El altímetro señala ahora menos de 3.000 pies.

El Mark Boat nos indica que debemos ayudar a la nave abandonada, cuando cae ya debajo de nosotros en largos zigzags.

-Mantenga nuestro faro sobre ella y envíe un Aviso General -dice el capitán Purnall, siguiendo a la nave en su caída.

No es necesario. No hay un buque de línea en el aire que no conozca el significado de aquel rayo de luz vertical.

-Se hundirá en el agua, ¿verdad? -pregunto.

-No siempre se hunden -dice el capitán Purnall-. A veces flotan durante semanas enteras. Despídase de ella y piense en lo que nos espera.

-Mala suerte la suya -sentencia el capitán Hodgson.

FIN

FRANZ KAFKA La Condena

1882.- Hermann Kafka, nacido en 1852, se casa con Julie Löwy, nacida en 1856. De familia cervecera, Julie cuenta con una posición económica importante. Hermann es también de familia judía pero su economía no es tan sólida como la de Julie. Nace en el pequeño pueblo de Wossek (sur de Bohemia) y se muda al Gueto judío de Josefstadt, Praga, luego de alcanzar la adolescencia. Julie es una mujer culta, de elegancia notable. Cuando se casan, Hermann abre un comercio de artículos de fantasía no sin la ayuda de la familia de Julie. La fortuna comienza a sonreir en el sentido económico.

1883.- Se mudan a la calle Maisel, cercana al gueto. Nace ahí su primer hijo, Franz el 3 de julio en Praga (en ese entonces, ciudad austríaca). La casa es humilde y no tardarán mucho tiempo en mudarse nuevamente. La próxima vivienda queda no lejos de ésta, en Werizelplatz. En una fecha poco clara nace Georg, hermano de Franz que muere 15 meses mas tarde.Hermann se va acercando socialmente a los checos de origen alemán que forman parte por esa época de la alta sociedad y lentamente se separa del judaísmo. Franz es judío practicante. Sólo en las dosis necesarias. No solo la tibieza afecta lo religioso, también el Joven pendula entre el checo y el alemán. Sumémosle a esto los continuos cambios de domicilio conforme a los cambios o mejoras económicos. Siempre la dirección es contraria al gueto. Imagínense de qué manera el joven Franz puede hacer amistades...Muere otro hermano de Franz a poco de nacer.Finalmente la familia se muda a la calle del Círculo y abren una mercería.

1889.- Nace Elli, primera hermana de Franz. Este comienza a estudiar en la escuela primaria junto al mercado de la carne. La concurrencia general es alemana de origen judío. La señorita Bailly, venida de Neuchätel fue la primera maestra.

1890.- Nace Valli, segunda hermana. Franz es tímido. Hubiera querido ser invisible. Con toda esa mezcla mencionada, es normal que no se comprometa con los alemanes ni con los checos de la escuela cercana (que atacaban a los alemanes a la salida de la escuela). Ni siquiera tomó partido por los judíos. El mejor sitio de permanencia es él mismo. El sitio seguro.

1892.- Nace la tercera hermana: Ottla.

1893.- Comienza los estudios en enseñanza media en un instituto de Bachillerato de humanidades de lengua alemana en Praga-Altstadt. Permaneció hasta 1901. Es un buen alumno. Se destaca especialmente en geografía tanto como siente dificultades en las matemáticas. Habla checo a pesar de ser un aplicado estudiante del alemán (la que fuera su lengua principal).

1897.- Se paraliza el funcionamiento del Consejo del Imperio austro-húngaro y se organiza un movimiento de unión con Alemania. Se impone el bilingüismo y en Bohemia y Moravia estalla una crisis.

1899.- Se agrava la situación y se deroga el bilingüismo.

1901.- Concluye los estudios secundarios y tras un intento con la química, acomete el estudio de Derecho en la Universidad Alemana de Praga. Luego seguirá con la Germanística y más tarde con estudios sobre Historia del arte. En aquellos días, conoce a Oskar Pollak, con quien mantiene correspondencia hasta 1904.

1902.- Pasa sus vacaciones en Liboch y Triesch (la casa de su tío Siegfried Lowy que era médico rural). En otoño concurre a una conferencia sobre Schopenhauer dictada por un tal Max Brod. Este encuentro es el vértice exacto del comienzo de una amistad que trascendió los usuales límites que la muerte impone. Brod será con el tiempo, espejo de Kafka, insistente en la publicación de sus textos, biógrafo oficial y albacea literario.

1903.- Este año Franz trabaja en una novela (luego perdida para siempre) llamada: "El niño y la ciudad". Asiste a cursos y discusiones con Anton Marty.

1904-05.- Pasa sus vacaciones en Zuckmantel. Se empieza a ver seguidamente con Marx Brod, Oskar Baum y Felix WeItsch. Comienza a escribir "Descripción de una Lucha". Conoce a una mujer que sería, según su propia confesión, una de las dos únicas mujeres con las que tuvo verdadera intimidad. Lee ávidamente las memorias y la correspondencia de Lord Byron, Grillparzer, Goethe y Eckerman. Se siente influenciado por el poeta alemán Hugo Von Hofmannsthal.

1906.- En el mes de junio se doctora en Derecho en la Universidad de Praga junto a Alfred Weber. Trabaja durante algunos meses en el estudio jurídico de su tío Richard Lowy para luego internarse alrededor de un año en los tribunales.

1907.- Escribe "Preparativos de una boda en el campo". Visita nuevamente Zuckmantel y en agosto, viaja a Triesch. En octubre, principia la condena y no hablo de su magnifico libro, quiero decir que comienza a trabajar en la compañía de seguros Assicurazioni Generali. El exceso de horas en el trabajo lo anulan como escritor, generándole angustias. Este año, la votación dentro del imperio austro-húngaro arroja un triunfo de los eslavos contra los germanos confirmando la mayoría de los primeros.

1908.- Entre los meses de febrero y mayo, asiste a un curso sobre seguro obrero en la Academia Comercial de Praga. Lee junto a Brod, con quien estrecha la amistad, textos de Huysmans y Flaubert. Hacia fines de julio, encuentra trabajo de media jornada en el organismo seminacionalizado de la Compañía de Seguros de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia. Trabaja de día y se consume en la noche al sonido de la vela donde la cera y la vida ignoran el destino. ¿Cómo saber si la vida hay que vivirla o ganársela?.

1909.- Publica en la revista Hyperion, ocho fragmentos en prosa. En Septiembre pasa sus vacaciones en Riva y Brescia junto con Max y Otto Brod. Escribe "Los aeroplanos de Brescia". Se relaciona con círculos anarquistas, aunque se mantiene alejado de las luchas políticas. El país comienza a gobernarse por decretos imperiales (prohibido hacer analogías con remotos países sudamericanos).

1910.- Forma parte del "Círculo de intelectuales". En marzo publica en Bohemia cinco artículos en prosa. En mayo, Franz comienza a anotar en sus diarios prolijamente sus obseciones... entre ellas, hay una que prevalece, la de escribir en mejores condiciones. Lleva durante 13 años estos diarios. Padecer insomnio, agotamiento y las nunca dejadas de lado "torturas morales". Cuando la salida no se encuentra, el cuerpo la halla de inmediato. Participa en una compañía de teatro yiddish (lengua primitiva de los judíos refugiados en la Europa Central, como lo es el sefardí con respecto a los judíos de origen español expulsados por los Reyes Católicos en 1492). Franz es asiduo concurrente a cafés literarios, cabarets y salones de fiesta en Praga. La salud comienza levemente a escurrirse... esto hace que Franz se haga vegetariano. No bebe alcohol y no fuma. Deja de usar abrigo y se baña en ríos helados. En diciembre viaja a Berlín.

1911.- Entre enero y febrero, viaja por negocios a Friedland y Reichenberg. Luego, al llegar el verano, llega a Zurich; más tarde visita Lugano y Milan. Visita París con Max Brod. Franz pasa una semana en el sanatorio naturista Fellenberg, en Erienbach, cerca de Zurich. En octubre, participa nuevamente de la compañía yiddish de teatro, estrechando amistad con Jizchak Löwy, su director. "América" comienza a tomar forma.

1912.- A raiz de su acercamiento a la compañía de teatro y a la amistad con Löwy, comienza a interesarse por la cultura judía. En febrero da una conferencia sobre la lengua yiddish. Marzo comienza más complicado: debe hacerse cargo (podría decirse contra su voluntad) de un establecimiento industrial perteneciente al marido de su hermana mayor. El aumento de trabajo crece a la par de la desazón. En Julio, viaja con Brod a Weimar. Vuelve a pasar unos días solitarios en el sanatorio naturista Fellenberg. Conoce en este tiempo a los editores Ernest Rowohlt y Kurt Wolff, quienes en Diciembre publicarán la antología de Franz "Contemplación". El 13 de agosto, en casa de Brod, por primera vez encuentra a Felice Bauer. Ella tiene 25 años y vive en Berlín; es directora de la empresa Lindstrom.Franz escribe "La Condena" en septiembre y luego "El Fogonero", que será el capítulo primero de "América". En Noviembre escribe "La Metamorfosis".

1913.- En contraste con lo que produce literariamente en 1912, entre principios de 1913 hasta mediados del 14, cae verticalmente. Solamente trabaja en "La Condena". En realidad, su pluma no duerme , sólo descansa: mantiene correspondencia con Felice hasta vísperas de las Pascuas. Decide ir a visitarla por primera vez a Berlin. Se mueve entre ansias y la inextinguible sensación de fracaso. Ya en primavera, publica "La Condena" y "El Fogonero". En Septiembre viaja a Viena, Venecia y Riva. Es aquí, en Riva, donde conoce a una mujer suiza, con quien mantiene un breve amor. En noviembre se encuentra con Greta Bloch, amiga de Felice Bauer, con quien mantiene correspondencia. Ocurre algo nunca muy claro. Franz tiene un hijo con Greta Bloch; hijo del que ignora su existencia (e ignorará por siempre). Unico hijo por cierto y que muere a los siete años de edad. Greta Bloch muere en mayo de 1944 a manos de los nazis.

1914.- Vuelve a Berlín, como el año pasado, en las Pascuas. Se compromete con Felice Bauer aunque hasta julio durará este compromiso. Primero de muchos. Conoce a Ernest Weis, poeta y dramaturgo, con quien viaja por el mar Báltico (Hellerau, Lübeck y Marnenlst). Por estos tiempos, mantiene una relación algo tibia con Max Brod. En octubre escribe "En La Colonia Penitenciaria". Comienza "El Proceso" y en el invierno escribe "Ante la Ley", relato que formará parte de "El Proceso". Culmina "America", que no será editada hasta 1925.El archiduque Francisco Fernando, heredero del trono austro-húngaro, muere junto a su esposa en un atentado en Sarajevo el 28 de junio. Austria hace responsable a Servia y le envía un ultimátum instándola a que permita a la policía austríaca participar en la investigación del atentado. Servia se opone y moviliza tropas. Comienza la Primera Guerra Mundial.

1915.- Franz recibe por "El Fogonero" el premio Fontane. Se encuentra varias veces con Felice en Baldenbach. Ella desea una vida normal. El no puede. No puede, ni siquiera, el descanso nocturno... él trabaja durante el día (o mejor dicho, cumple con el mundo) y por la noche, vive y muere en cada letra. Respira cuando escribe y muere en cada amanecer insomne. Se muda varias veces de domicilio y viaja a Hungría con Elli. En noviembre ve la luz "La Metamorfosis". En diciembre comienza a escribir "El Maestro de Pueblo".La Conquista de Varsovia se produce desde el Báltico por la ofensiva austrogermana. Llegan hasta Galitzia Oriental. El Zar Nicolás asume el mando supremo de las tropas rusas.

1916.- En julio, se encuentra con Felice en el balneario de Marienbad. En el verano vuelve a pendular entre el matrimonio y la soledad. Escribe los cuentos que luego serán "Un Médico Rural". Noviembre lo recibe en Munich, donde da una conferencia leyendo fragmentos de textos propios y poemas de Max Brod. En invierno, el ruido molesto lo lleva a mudarse la calle Alchemist, en Praga.

1917.- Durante los primeros mese del año, escribe uno de los relatos que formará parte de "La Muralla China"; éste se titula: "El Cazador Gacchus". Comienza a aprender hebreo. En la primavera escribe "La Construcción de la Muralla China". Julio: nuevo compromiso con Felice Bauer. En agosto principian sus padecimientos pulmonares y en septiembre le diagnostican tuberculosis. Se niega a ingresar en el sanatorio no bien le diagnostican la enfermedad. Consigue tres meses de licencia por enfermedad y los aprovecha para viajar a casa de Ottla, su hermana, en Zürau. Lee a Kierkegaard tranquilamente, conociendo al existencialismo y la angustia en papel y en la vida. Termina sus estudios de hebreo y lee la Biblia con avidez. Escribe sus "Cuadernos en Octava" e interrumpe su diario súbitamente. El 21 de Septiembre visita a Felice una vez más... El 1 de Octubre le envía la última carta. En diciembre navega por las aguas de la pérdida... rompe con Felice definitivamente luego de un encuentro en Praga. Un año más tarde se casará Felice con quien cree haber encontrado el equilibrio que siempre buscó; como si eso pudiese significar algo.

1918.- Hasta julio permanece con su hermana en Zürau. Le quedan de la experiencia en el campo de Ottla, aspectos de la fascinante vida rural que luego se verán en "El Castillo". Viaja a Praga y Turnau. En noviembre, conoce a Julia Wohryzeck, hija de un custodio de sinagoga. Escribe "Una sociedad de trabajadores pobres", proyecto de sociedad ascética.En Rusia se proclama la república democrática federal marxista-leninista. Guillermo II abdica en noviembre y da paso a la república alemana. El 11 de noviembre, Alemania firma el armisticio que luego acepta Austria. Se disuelve la monarquía austro-húngara. Checoslovaquia se proclama independiente.

1919.- En enero se encuentra en Schelensen: resume sus diarios. Se reencuentra una vez más con Felice Bauer en la primavera. En mayo publica "En la Colonia Penitenciaria"; luego "Un médico Rural". En noviembre escribe "Carta al padre". El invierno lo lleva nuevamente a Schelensen con Max Brod y allí escribe aforismos. Podría decirse que este fin de año fue el comienzo de la enfermedad de Franz Kafka, hecho que lo obliga a frecuentar residencias de salud y hospitales.

1920.- Nueva intermisión en el diario que se extenderá hasta octubre de 1921. La enfermedad lo obliga a dejar el Instituto de Accidentes de Trabajadores. Viaja a Meran. Es aquí donde conoce a Gustav Janouch. Principia el intercambio de correspondencia con Milena Jesenká-Pollak, traductora checoslovaca a quien luego conoce... al parecer, el amor y el tormento es la misma cosa en Franz. El cuerpo, en fina sintonía con el alma, lo castiga... debe internarse tras una recaída y en contra de su deseo. En diciembre, en el sanatorio Matliary (montes Tatra), de Eslovaquia, traba amistad con Robert Klopstock, estudiante de medicina y tísico como él.

1921.- Hasta mediados de año debe quedarse en el sanatorio de los montes. Luego de su reclusión, vuelve a Praga, donde el 15 de octubre anota en sus diarios que todos sus cuadernos, se los había entregado una semana antes a Milena. Entre la fecha y 1924, escribe los cuentos que formarán parte de "Un Artista del Hambre".

1922.- Comienza a escribir "El Castillo", que en septiembre tendrá terminado. Nuevamente llega febrero; nuevamente viaja a Praga. En mayo se encuentra por última vez con Milena. Se traslada a en Planá, donde se reune con su hermana Ottla y otra vez a Praga. Durante el verano escribe "Investigaciones de un Perro".

1923.- De Praga sale en julio rumbo a Müritz, con su hermana Elli. En algún momento del año, le envía a Milena la última carta. Le cuenta su mejor noticia: Conoce a Dora Dymant en la colonia de vacaciones de un hogar judío de Berlín. Dora tiene 20 años y su procedencia es judío-polaca. Tal vez lo sabe; tal vez no, pero le dio lo que nunca había alcanzado hasta ese presente: Paz. Lo acompaña. Franz escribe "Una mujercita" y "La madriguera". Vive con Dora hacia fines de Septiembre en Berlín. Luego se mudan a Grune, en la calle Wald. En La Academia de Berlín, da conferencias sobre estudios Hebreos. El invierno le da "La Construcción". Berlín los espera nuevamente. Presenta a su editor los cuentos que forman "Un Artista del Hambre".

1924.- Franz escribe "Josefina la Cantora", su último texto. La salud es como arena en la mano... se va escurriendo sin la posibilidad de recuperación. Se agrava y nuevamente Praga lo recibe; esta será la última vez. Los sanatorios y las clínicas son su hogar. Dora y Robert Klopstock estan incansables el día y la noche. Viven su vida. El 3 de junio muere en el sanatorio de Kierling, cerca de Viena. Los funerales son el 11 en el cementerio de Praga-Straschnitz. "Un Artista del Hambre" se publica luego de su muerte. Qué más podría decirse. El resto está en sus textos.

1931.- Muere Herman Kafka, su padre.

1934.- Muere Julie Löwy, su madre.

1942.- Ottla, su hermana muere en Auschwitz. Las otras dos también a manos de los nazis en campos de concentración.

1944.- Milena Muere en otro campo de concentración. Tambien es asesinada por los nazis Greta Bloch.

1952.- Muere Dora Dymant en Londres. Mes de agosto.

1960.- Muere Felice Bauer.

1968.- Max Brod muere en Tel Aviv.

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La Condena

Era domingo por la mañana, en lo más hermoso de la primavera, Georg Bendemann, un joven comerciante, estaba sentado en su habitación en el primer piso de una de las casas bajas y de construcción ligera que se extendía a lo largo del río en forma de hilera, y que sólo se distinguían entre sí por la altura y el color.

Acababa de terminar una carta a un amigo de su juventud que se encontraba en el extranjero, la cerró con lentitud juguetona y miró luego, con el codo apoyado sobre el escritorio» por la ventana, hacia el río, el puente y las colinas de la otra orilla con su color verde pálido.

Reflexionó sobre cómo este amigo, descontento de su éxito en su ciudad natal, había literalmente huido ya hacía años a Rusia. Ahora tenía un negocio en San Petersburgo, que al principio había marchado muy bien, pero que desde hacía tiempo parecía haberse estancado, tal como había lamentado el amigo en una de sus cada vez más infrecuentes visitas.

De este modo se mataba inútilmente trabajando en el extranjero, la extraña barba sólo tapaba con dificultad el rostro bien conocido desde los años de la niñez, rostro cuya piel amarillenta parecía manifestar una enfermedad en proceso de desarrollo. Según contaba, no tenía una auténtica relación con la colonia de sus compatriotas en aquel lugar y apenas relación social alguna con las familias naturales de allí y, en consecuencia, se hacia a la idea de una soltería definitiva.

¿Qué podía escribírsele a un hombre de este tipo, que, evidentemente, se había enclaustrado, de quien se podía tener lástima, pero a quien no se podía ayudar? ¿Se le debía quizá aconsejar que volviese a casa, que trasladase aquí su existencia, que reanudara todas sus antiguas relaciones amistosas, para lo cual no existía obstáculo» y que, por lo demás, confiase en la ayuda de los amigos?

Pero esto no significaba otra cosa que decirle al mismo tiempo, con precaución, y por ello hiriéndole aún más, que sus esfuerzos hasta ahora habían sido en vano, que debía, por fin, desistir de ellos, que tenía que regresar y aceptar que todos, con los ojos muy abiertos de asombro, le mirasen como a alguien que ha vuelto para siempre; que sólo sus amigos entenderían y que él era como un niño viejo, que debía simplemente obedecer a los amigos que se habían quedado en casa y que habían tenido éxito.

¿E incluso entonces era seguro que tuviese sentido toda la amargura que había que causarle? Quizá ni siquiera se consiguiese traerle a casa, él mismo decía que ya no entendía la situación en el país natal, y así permanecería, a pesar de todo, en su extranjero, amargado por los consejos y un poco más distanciado de los amigos. Pero si siguiera realmente el consejo y aquí se le humillase, naturalmente no con intención sino por la forma de actuar, no se encontraría a gusto entre sus amigos ni tampoco sin ellos, se avergonzaría entonces no tendría de verdad ni hogar ni amigos.

En estas circunstancias ¿no era mejor que se quedase en el extranjero tal como estaba? ¿Podría pensarse que en tales circunstancias saldría realmente adelante aquí?

Por estos motivos, y si se queda mantener en pie la relación epistolar con él, no se le podían hacer verdaderas confidencias como se le harían sin temor al conocido más lejano. Hacía más de tres años que el amigo no había estado en su país natal y explicaba este hecho, apenas suficientemente, mediante la inseguridad de la situación política en Rusia, que, en consecuencia, no permitía la ausencia de un pequeño hombre de negocios mientras que cientos de miles de rusos viajaban tranquilamente por el mundo. Pero precisamente en el transcurso de estos tres años habían cambiado mucho las cosas para Georg.

Sobre la muerte de su madre, ocurrida hacía dos años y desde la cual Georg vivía con su anciano padre en la misma casa, había tenido noticia el amigo, y en una carta había expresado su pésame con una sequedad que sólo podía tener su origen en el hecho de que la aflicción por semejante acontecimiento se hacía inimaginable en el extranjero. Ahora bien, desde entonces, Georg se había enfrentado al negocio, como a todo lo demás, con gran decisión. Quizá el padre, en la época en que todavía vivía la madre, le había obstaculizado para llevar a cabo una auténtica actividad propia, por el hecho de que siempre quería hacer prevalecer su opinión en el negocio. Quizá desde la muerte de la madre, el padre, a pesar de que todavía trabajaba en el negocio, se había vuelto más retraído. Quizá desempeñaban un papel importante felices casualidades, lo cual era incluso muy probable; en todo caso, el negocio había progresado inesperadamente en estos dos años, había sido necesario duplicar el personal, las operaciones comerciales se habían quintuplicado, sin lugar a dudas tenían ante si una mayor ampliación.

Pero el amigo no sabia nada de este cambio. Anteriormente, quizá por última vez en aquella carta de condolencia, había intentado convencer a Georg de que emigrase a Rusia y se había explayado sobre las perspectivas que se ofrecían precisamente en el ramo comercial de Georg. Las cifras eran mínimas con respecto a las proporciones que había alcanzado el negocio de Georg. Él no había querido contarle al amigo sus éxitos comerciales y si lo hubiese hecho ahora, con posterioridad, hubiese causado una impresión extraña.

Es así como Georg se había limitado a contarle cosas sin importancia de las muchas que se acumulan desordenadamente en el recuerdo cuando se pone uno a pensar en un domingo tranquilo. No deseaba otra cosa que mantener intacta la imagen que, probablemente, se había hecho el amigo de su ciudad natal durante el largo período de tiempo, y con la cual se había conformado. Fue así como Georg, en tres cartas bastante distantes entre sí, le informó acerca del compromiso matrimonial de un señor cualquiera con una muchacha cualquiera, hasta que, finalmente, el amigo, totalmente en contra de la intención de Georg, comenzó a interesarse por
este asunto.

Georg prefería contarle estas cosas antes que confesarle que era él mismo quien hacía un mes se había prometido con la señorita Frieda Brandenfeld, una joven de familia acomodada.

Con frecuencia hablaba con su prometida de este amigo y de la especial relación epistolar que mantenía con él.

-Entonces no vendrá a nuestra boda -decía ella-, y yo tengo derecho a conocer a todos tus amigos.

-No quiero molestarle -contestaba Georg-, entiéndeme, probablemente vendría, al menos así lo creo, pero se sentiría obligado y perjudicado, quizá me envidiaría y seguramente, apesadumbrado e incapaz de prescindir de esa pesadumbre, regresaría solo, solo ¿sabes lo que es eso?

-Bueno, ¿no puede enterarse de nuestra boda por otro camino?

-Sin duda no puedo evitarlo, pero es improbable dada su forma de vida.

-Si tienes esa clase de amigos, Georg, nunca debiste comprometerte.

-Sí, es culpa de ambos, pero incluso ahora no desearía que fuese de otra forma.

Y si ella, respirando precipitadamente entre sus besos, alegaba todavía:

-La verdad es que sí que me molesta.

Entonces era realmente cuando él consideraba inofensivo contarle todo al amigo.

-Así es como soy y así tiene que aceptarme -decía él. -No pienso convertirme en un hombre a su medida, hombre que quizá fuese más apropiado a su amistad de lo que yo lo soy.

Y, efectivamente, en la larga carta que había escrito este domingo por la mañana, informaba a su amigo del compromiso que se había celebrado con las siguientes palabras: «Me he reservado la novedad más importante para el final. Me he prometido con la señorita Frieda Brandenfeld, una muchacha perteneciente a una familia acomodada que se estableció aquí mucho tiempo después de tu partida y a la que tú apenas conocerás. Ya habrá oportunidad de contarte más detalles acerca de mi prometida, baste hoy con decirte que soy muy feliz y que en
nuestra mutua relación sólo ha cambiado algo en cuanto que tú, en lugar de tener en mi un amigo corriente, tendrás un amigo feliz. Además tendrás en mi prometida, que te manda saludos cordiales y que te escribirá próximamente, una amiga leal, lo que no deja de tener importancia para un soltero.

Sé que muchas cosas te impiden hacemos una visita, pero ¿acaso no sería precisamente mi boda la mejor oportunidad de echar por la borda, al menos por una vez, todos los obstáculos? Pero, sea como sea, actúa sin tener en cuenta todo lo demás y según tu buen criterio»

Georg había permanecido mucho tiempo sentado en su escritorio con la carta en la mano y el rostro vuelto hacia la ventana. Con una sonrisa ausente había apenas contestado a un conocido que, desde la calle, le había saludado al pasar.

Finalmente, se metió la carta en el bolsillo y, a través de un corto pasillo, se dirigió desde su habitación a la de su padre, en la que no había estado desde hacía meses. No existía por lo demás, necesidad de ello, porque constantemente tenía contacto con él en el negocio; comían juntos en una casa de comidas, por la noche cada uno se tomaba lo que le apetecía pero después la mayoría de las veces se sentaban un ratito, cada uno con su periódico, en el cuarto de estar común, a no ser que Georg, como ocurría con mucha frecuencia, estuviese en compañía de amigos o, como ahora, fuese a ver a su novia.

Georg se extrañó de lo oscura que estaba la habitación del padre incluso en esta mañana soleada, tal era la sombra que proyectaba la alta pared que se elevaba al otro lado del estrecho patio. El padre estaba sentado ante la ventana, en un rincón adornado con recuerdos de la difunta madre, y leía el periódico, que sostenía de lado ante los ojos, con lo cual intentaba contrarrestar una cierta falta de visión. Sobre la mesa estaban aún los restos del desayuno, del que no parecía haber comido mucho.

-iAh Georg! -exclamó el padre, e inmediatamente se dirigió hacia él. Su pesada bata se abría al andar y los bajos revoloteaban a su alrededor.

«Mi padre sigue siendo un gigante», se dijo Georg.

-Esto está insoportablemente oscuro -dijo a continuación.

-Si, si que está oscuro -contestó el padre.

-¿También has cerrado la ventana?

-Lo prefiero así.

-Fuera hace bastante calor -dijo georg como complemento a lo anterior, y se sentó.

El padre retiró la vajilla del desayuno y la colocó sobre una cómoda.

-La verdad es que sólo quería decirte -continuó Georg, que seguía los movimientos del anciano totalmente aturdido- que, por fin, he informado a San Petersburgo de mi compromiso.

Sacó un poco la carta del bolsillo y la dejó caer dentro de nuevo.

-¿Cómo que a San Petersburgo? -preguntó el padre.

-Si, a mi amigo -dijo Georg, y buscó los ojos del padre.

«En el negocio es completamente distinto», pensó. «Cuánto sitio ocupa ahí sentado y cómo se cruza de brazos!»

-Sí, claro, a tu amigo -dijo el padre recalcándolo.

-Ya sabes, padre, que en un principio quería silenciar mi compromiso. Por consideración, por ningún otro motivo. Tú ya sabes que es una persona difícil. Puede enterarse de mi compromiso por otros cauces, me dije, y si bien esto apenas es probable dada su solitaria forma de vida, yo no puedo evitarlo, pero por mi mismo no debe enterarse.

-¿Y ahora has cambiado de opinión? -preguntó el padre.

Puso el periódico en el antepecho de la ventana y sobre el periódico las gafas que tapaba con las manos.

-Sí, ahora he cambiado de opinión. Si verdaderamente se trata de un buen amigo, me he dicho, entonces mi feliz compromiso es también para él motivo de alegría y por eso no he dudado más en comunicárselo. Sin embargo, antes de echar la carta quería decírtelo.

-Georg -dijo el padre, y estiró la boca sin dientes-, escucha por una vez. Has venido a mí por este asunto, para discutirlo conmigo. Esto te honra sin duda alguna, pero no sirve para nada, y menos aún que para nada, si no me dices ahora mismo toda la verdad. No quiero traer a colación cosas que nada tienen que ver con esto. Desde la muerte de nuestra querida madre han ocurrido ciertas cosas desagradables. Quizá también les llegue su turno, y quizá antes de lo que pensamos.

En el negocio se me escapan algunas cosas, quizá no se me oculten, ahora no quiero en modo alguno alimentar la sospecha de que se me ocultan, ya no estoy lo suficientemente fuerte, me falla la memoria, ya no puedo abarcar tantas cosas. En primer lugar esto es ley de vida y, en segundo lugar, la muerte
de tu madre me ha afligido mucho más que a ti. Pero ya que estamos tratando de este asunto de la carta, te pido, Georg, que no me engañes. Es una pequeñez, no merece la pena, así pues, no me engañes. ¿Tienes de verdad ese amigo en San Petersburgo?

Georg se levantó desconcertado.

-Dejemos en paz a mis amigos. Mil amigos no sustituyen a mi padre. ¿Sabes lo que creo?, que no te cuidas lo suficiente, pero los años exigen sus derechos. En el negocio eres indispensable para mi, bien lo sabes tú, pero si el negocio amenaza tu salud mañana mismo lo cierro para siempre. Esto no puede seguir así. Tenemos que adoptar otro modo de vida para ti, pero desde el principio. Estás sentado aquí en la oscuridad y en el cuarto de estar tendrías buena luz. Tomas un par de bocados del desayuno en lugar de comer como es debido. Estás sentado con las ventanas cerradas y el aire fresco te sentaría bien. iNo, padre mío! Iré a buscar al médico y seguiremos sus prescripciones Cambiaremos las habitaciones. Tú te trasladarás a la habitación de delante y yo a ésta. No supondrá una alteración para ti, todo se llevará allí Ya habrá tiempo de ello,
ahora te acuesto en la cama un poquito, necesitas tranquilidad a toda costa. Vamos, te ayudaré a desnudarte, ya verás como sé hacerlo. ¿O prefieres trasladarte inmediatamente a la habitación de delante y allí te acuestas provisionalmente en mi cama?
La verdad es que esto sería lo más sensato.

Georg estaba de pie justo al lado de su padre, que había dejado caer sobre el pecho su cabeza de blancos y despeinados cabellos.

-Georg -dijo el padre en voz baja y sin moverse.

Georg se arrodilló inmediatamente junto al padre, vio las enormes pupilas en su cansado rostro dirigidas hacia él desde las comisuras de los ojos.

-No tienes ningún amigo en San Petersburgo. Tú has sido siempre un bromista y tampoco has hecho una excepción conmigo. ¡Cómo ibas a tener un amigo precisamente allí No puedo creerlo de ninguna manera.

-Padre, haz memoria una vez más -dijo Georg, levantó al padre del sillón y le quitó la bata, estaba allí tan débil...-, pronto hará ya tres años que mi amigo estuvo en casa de visita. Recuerdo todavía que no te hacía demasiada gracia. Al menos dos veces te oculté su presencia, a pesar de que en esos momentos se hallaba precisamente en mi habitación. Yo podía
comprender bien tu animadversión hacia él, mi amigo tiene sus manías, pero después conversaste agradablemente con él.
En aquellos momentos me sentía tan orgulloso de que le escuchases, asintieses y preguntases... Si haces memoria tienes que acordarte. Él contó entonces historias increíbles de la revolución rusa. Cómo, por ejemplo, en un viaje de negocios a Kiev, había visto en un balcón a un sacerdote que se había cortado una ancha cruz de sangre en la palma de la mano, la levantó e invocó con ella a la multitud. Tú mismo has contado de vez en cuando esta historia.

Mientras tanto Georg había conseguido sentar al padre y quitarle cuidadosamente el pantalón de punto que llevaba encima de los calzoncillos de lino, así como los calcetines.

Al ver la ropa, que no estaba precisamente limpia, se hizo reproches por haber descuidado al padre. Seguro que también formaba parte de sus obligaciones el cuidar de que el padre se cambiase de ropa. Todavía no había hablado expresamente con su prometida de cómo iban a organizar el futuro del padre, porque tácitamente habían supuesto que él se quedaría solo en el piso viejo. Sin embargo, ahora se decidió, de repente y con toda firmeza, a llevárselo a su futuro hogar. Bien mirado, casi daba la impresión de que el cuidado que el padre iba a recibir allí podría llegar demasiado tarde.

Llevó al padre en brazos a la cama. Una terrible sensación se apoderó de él cuando, a lo largo de los pocos pasos hasta ella, notó que su padre jugueteaba con la cadena del reloj sobre su pecho. Se agarraba con tal fuerza a la cadena del mismo, que no pudo acostarle inmediatamente. Apenas se encontró en la cama, todo pareció volver de nuevo a la normalidad. Se tapó solo y se cubrió muy bien los hombros con el cobertor. No miraba a Georg precisamente con hostilidad.

-¿Verdad que ya te acuerdas de él? -preguntó Georg, y asintió con la cabeza haciendo un gesto alentador.

-¿Estoy bien tapado? -preguntó el padre como si no pudiese asegurarse él mismo de que sus pies se encontraban tapados.

-Así es que te gusta estar en la cama -dijo Georg, y colocó mejor el cobertor a su alrededor.

-¿Estoy bien tapado? --preguntó el padre de nuevo, y pareció prestar especial atención a la respuesta.

-Estáte tranquilo, estás bien tapado.

-iNo! -gritó el padre de tal forma que la respuesta chocó contra la pregunta, echó hacia atrás el cobertor con una fuerza tal que por un momento quedó extendido en el aire y se puso de pie sobre la cama. Sólo con una mano se apoyaba ligera mente en el techo.

-Querías taparme, lo sé retoño mío, pero todavía no estoy tapado, y aunque sea la última fuerza es suficiente para ti, demasiada para ti. ¡Claro que conozco a tu amigo! Sería el hijo que desea mi corazón, por eso también le has engañado duran-
te todos estos años. ¿Por qué si no? ¿Acaso crees que no he llorado por él? Precisamente por eso te encierras en tu oficina, el jefe está ocupado. Sólo para poder escribir tus falsas cartitas a Rusia. Pero, afortunadamente, nadie tiene que dar lecciones
al padre de cómo adivinar las intenciones del hijo. De la misma manera que ahora has creído haberle subyugado, subyugado de tal forma que podrías sentarte con tu trasero sobre él y él no se movería, en ese momento mi señor hijo ha decidido casarse.

Georg levantó la mirada hacia el espectro de su padre. El amigo de San Petersburgo a quien de repente el padre conocía tan bien, se apoderaba de él como nunca hasta ahora. Le vio perdido en la lejana Rusia. Le vio en la puerta del negocio vacío y desvalijado, entre las ruinas de las estanterías, entre los géneros hechos jirones, entre los tubos de gas que estaban caídos, él permanecía todavía erguido. ¿Por qué había tenido que irse tan lejos?

-iPero mírame -gritó el padre, - Georg corrió, casi distraído, hacia la cama, con la intención de comprenderlo todo, pero se quedó parado a mitad de camino.

-Porque ella se ha levantado las faldas -comenzó a hablar el padre-, porque se ha levantado así las faldas de cerda asquerosa -y para expresarlo plásticamente se levantó el camisón tan alto que se veía sobre el muslo la cicatriz de sus años de guerra-, porque se ha levantado así, y así las faldas, te has acercado a ella y, para poder gozar con ella sin que nadie molestase, has profanado la memoria de nuestra madre, has traicionado al amigo y has metido en la cama a tu padre para que no se pueda mover, pero ¿puede moverse o no?

Permanecía en pie sin apoyo alguno y lanzaba las piernas en todas las direcciones. sonreía con entusiasmo al comprenderlo todo.

Georg estaba de pie en un rincón lo más lejos posible del padre. Desde hacía un rato había decidido firmemente observarlo todo con exactitud, para no ser indirectamente sorprendido de alguna forma por detrás o desde arriba. Entonces se acordó de nuevo de la decisión, ya hacía rato olvidada, y volvió a olvidarla tan deprisa como se pasa un hilo corto a través del ojo de una aguja.

-No obstante el amigo no ha sido todavía traicionado
-gritó el padre, y lo corroboraba su índice movido de acá para allá- yo era su representante en este lugar.

Georg no pudo evitar gritar: iComediante! Reconoció inmediatamente el daño y demasiado tarde, los ojos fijos se mordió la lengua hasta doblarse de dolor.

-iSi, por supuesto que he representado una comedia! iComedia! iBuena palabra! ¿Qué otro consuelo le quedaba al anciano padre viudo? Dime, y durante el momento que dure la respuesta sé todavía mi hijo vivo. ¿Qué otra salida me quedaba en mi habitación interior, perseguido por un personal infiel, viejo hasta los huesos? Y mi hijo iba con júbilo por la vida, ultimaba negocios que yo había preparado, se retorcía de la risa y pasaba ante su padre con el reservado rostro de un hombre de honor. ¿Crees tú que yo no te hubiese querido, yo, de quien saliste tú?

«Ahora se inclinará hacia delante», pensó Georg, «¡si se cayese y se estrellase!» Esta palabra se le pasó por la cabeza como una centella.

El padre se echó hacia delante, pero no se cayó.

Puesto que Georg no se acercaba como había esperado, se irguió de nuevo.

-iQuédate donde estás, no te necesito! Piensas que tienes todavía la fuerza suficiente para venir aquí, y solamente te contienes porque así lo deseas, iNo te equivoques! Todavía soy el más fuerte, iYo solo habría tenido quizá que retirarme pero así la madre me ha dado su fuerza, con tu amigo me alié maravillosamente y a tu clientela la tengo aquí en el bolsillo!

-¡lncluso en el camisón tiene bolsillos! -se dijo Georg, y creyó que con esta observación podría hacerle quedar en ridículo ante todo el mundo. Pensó en esto sólo durante un momento, porque inmediatamente volvía a olvidarlo todo.

-iCuélgate del brazo de tu novia y ven hacia mí! iTe la barro de al lado y no sabes cómo!

Georg hacía muecas como si no pudiese creerlo. El padre sólo asentía con la cabeza, ratificando la verdad de lo que decía y dirigiéndose al rincón en que se encontraba Georg.

-iCómo me has divertido hoy cuando has venido y me has preguntado si debías contarle a tu amigo lo del compromiso! ¡Si lo sabe todo, estúpido, lo sabe todo! Yo le escribía porque olvidaste quitarme las cosas para escribir. Por eso ya no viene desde hace años, lo sabe todo cien veces mejor que tú mismo, tus cartas las arruga con la mano izquierda sin haberlas leído, mientras que con la derecha se pone delante mis cartas para leerlas.

De puro entusiasmo agitaba el brazo por encima de la cabeza.

-iLo sabe todo mil veces mejor! -gritó.

-Diez mil veces -dijo Georg con la intención de burlarse de su padre, pero todavía en su boca estas palabras adquirieron un tono profundamente serio.

-iDesde hace años estoy a la espera de que me vengas con esa pregunta! ¿Crees que me preocupa alguna otra cosa? ¿Crees que leo periódicos? iMira!-
Y tiró a Georg un periódico que, de alguna forma, había ido a parar a su cama. Un periódico viejo con un nombre que a Georg le era completamente desconocido.

-iCuánto tiempo has tardado en llegar a la madurez! Tuvo que morir tu madre, no llegó a ver el día de júbilo. El amigo perece en su Rusia, ya hace tres años estaba amarillo de muerte, y yo, ya ves cómo me va a mí, para eso tienes ojos.

-Entonces me has espiado -gritó Georg.

El padre dijo como si tal cosa y en tono compasivo:

-Probablemente eso querías haberlo dicho antes, ahora ya no viene a cuento.

Y en voz más alta:

-Ahora ya sabes lo que había además de ti, hasta ahora no sabias más que de ti mismo. Lo cierto es que fuiste un niño inocente, pero aún más ciertamente fuiste un hombre diabólico. Por eso has de saber que yo te condeno a morir ahogado.

Georg se sintió como expulsado de la habitación, el golpe con el que el padre a su espalda había caído sobre la cama resonaba todavía en sus oídos. En la escalera, por cuyos escalones bajaba tan deprisa como si se tratase de una rampa inclinada, sorprendió a la criada que estaba a punto de subir para arreglar el piso.

-Jesús! -gritó, y se tapó la cara con el delantal, pero él ya se había ido.

Salió del portal de un salto, el agua le atraía por encima de la calzada. Ya se asía firmemente a la baranda como un hambriento a la comida. Saltó por encima como el excelente atleta que, para orgullo de sus padres, había sido en sus años juveniles. todavía seguía sujeto con las manos, que se iban abriendo poco a poco, divisó entre las barras de la baranda un ómnibus que cubriría con facilidad el ruido de su caída, exclamó en voz baja: «Queridos padres, siempre os he querido», y se dejó caer.

En ese momento atravesaba el puente un tráfico verdaderamente interminable.